Reina Mama Samia

18.11.2021

Artículo publicado junto con Laura Llach en la revista de noviembre de Mundo Negro

Samia Suluhu Hassan tuvo que asumir la Presidencia de Tanzania después del fallecimiento de John Magufuli a causa del coronavirus. Los primeros meses al frente del país han sido un ejercicio de equilibrismo en el que propios y extraños han dudado de las capacidades de una mujer radicalmente distinta a su antecesor.

Todo está preparado en Kizimkazi: el altillo con el micrófono, la carpa llena de sillas vacías que esperan a la comitiva y, por supuesto, el speaker, cuya función es que no decaiga el ánimo de los allí presentes. Es el cierre de las fiestas y, aunque es sábado, el pueblo entero va vestido de domingo, sudando sus mejores galas bajo el sol de agosto. Llevan horas reunidos en el patio de la escuela primaria local para recibir a su vecina más ilustre: Samia Suluhu Hassan, la presidenta de Tanzania.

Por los altavoces suena una de las melodías más conocidas, Jerusalema, y los niños se animan a bailar. A medida que se acerca el mediodía, unos cuantos deciden buscar refugio a la sombra, pero otros aguantan entre la multitud por miedo a perder su sitio y quedar relegados a la última fila.

A tan solo unos metros de ahí, en la carretera principal, el panorama es muy distinto. Los miembros más veteranos del Chama Cha Mapinduzi (CCM), partido al que pertenece la presidenta, están sentados en la entrada de la sede local. El paso de las horas ha extinguido la conversación y ya solo se oyen las banderas del edificio ondeando al viento. Hasta que el ruido de las sirenas interrumpe su letargo.

«¡Ya llega!», anuncian en suajili. Todos corren hacia la carretera para ver pasar las ventanas tintadas de los coches oficiales y los camiones con militares armados. El pueblo entero está expectante. La presidenta sale del coche con mascarilla FFP2 puesta y se dirige al escenario. Tras un breve discurso, corta la cinta que inaugura la escuela y -desaparece.

Por un día, los pocos turistas blancos que se acercan a diario a avistar los delfines han pasado a un segundo plano. Este pequeño pueblo de pescadores está únicamente pendiente de la visita de Mama Samia, como la conocen cariñosamente en su país.

Unas raíces humildes

Kizimkazi está en la punta sureste de la isla de Unguja, una de las dos que forman el archipiélago de Zanzíbar, a una hora en barco de Dar Es-Salaam, en la parte continental de Tanzania. Allí se asentaron los primeros habitantes de la isla hace siglos, y en este mismo lugar nació, en 1961, la mandataria.

Mama Samia asumió el cargo de presidenta de Tanzania en marzo de 2021 tras la repentina muerte de J-ohn Magufuli por complicaciones derivadas de la Covid-19. En -Kizimkazi confían en ella y la prefieren a su predecesor. «Ella es mucho mejor», ríe Hussein Hamadi, vecino del lugar, como si estuviera diciendo una obviedad. En el pueblo confían en que el ascenso a la Presidencia de su paisana sea bueno para la vida local. «Ahora está muy ocupada, pero cuando lleve más de un año en el cargo y las cosas se calmen mirará hacia su pueblo», asegura Hamadi.

Sin embargo, su ascenso al poder también ha puesto muchos ojos sobre la zona. «Si te juntas con tres o cuatro personas, al rato ves a alguien llegar en silencio para escuchar», comenta, y añade: «Enseguida te das cuenta de que es seguridad encubierta y cambias de tema por si acaso».

A pesar de todo, su llegada al poder no ha alterado la vida de su familia. Su madre, Wanu Yussuf, sigue viviendo en el mismo hogar, una humilde casa con suelo de tierra y ventanas de hojalata. Como cada día, la anciana se sienta en un taburete pequeño mientras observa en silencio a su hija Salama encender el fuego donde cocinará en una olla -maharagwe, unas alubias típicas de la zona, que acompañará con arroz blanco. «Es muy mayor y pierde memoria», intercede su hija por ella.

La madre de la mandataria tiene 75 años y las arrugas doblan sus ojos, que parecen tristes, hasta que esboza una sonrisa cuando le preguntamos si confiaba en ver a su hija llegar tan alto. «Dice que sí», contesta Salama. Ella es la hermana pequeña de Samia. La presidenta es la segunda de nueve hermanos, aunque de distintos padres. «Desde pequeña tuvo mucho interés en la política», añade mientras echa un vistazo a la leña, que va calentando la cacerola llena de agua.

Mientras su familia cocina en su casa de toda la vida, Mama Samia se centra en sus dos grandes retos: establecer un perfil propio y reparar la deteriorada imagen internacional de Tanzania.

Una mujer al frente

Fueron muy pocos los que apostaron por su llegada al poder. La mayoría de los analistas se negaban a ver el potencial de una mujer poco conocida fuera de los círculos políticos. Su carácter calmado y sosegado, totalmente contrario al de su carismático predecesor, la había relegado a un cómodo segundo plano, dejando a Magufuli todo el protagonismo frente a los tanzanos.

Su inesperado nombramiento la ha convertido en la primera mujer presidenta de Tanzania y la primera nacida en Zanzíbar. Un salto que no ha sido fácil de aceptar para muchos. «La muerte de Magufuli fue un shock para todos y la vicepresidenta tuvo que asumir el poder, pero así lo establece la Constitución, por lo que todo el mundo lo tuvo que aceptar. Aun así, parte de la sociedad tanzana cree que una mujer no debería liderar el país», dice el periodista e investigador Sammy Awami.

A pie de calle coinciden con -Awami. «Al principio teníamos muchas dudas sobre MamaSamia. La gente tenía miedo de que, al ser mujer, no fuese una líder fuerte», comenta Simba, dueño de un restaurante en la isla. Ni siquiera dentro de su propio partido había un apoyo unánime hacia su representante. Sin embargo, en pocos meses la política ha demostrado que estaban equivocados y ahora, con su popularidad en auge, la gran pregunta es si podrá encontrar su propio espacio tras el legado que ha dejado el expresidente Magufuli.

Definiendo su impronta

Para comenzar a dejar su marca, la presidenta ha revertido la postura negacionista con el coronavirus que defendía su predecesor. Magufuli declaró libre de pandemia a su país y renegó de la eficacia de los tests y las vacunas. No contento con ello, afirmó que el virus moría en el cuerpo de Cristo, lo que le enfrentó con la Iglesia católica, quien le desmintió y recordó en Kiongozi, el periódico de la Conferencia Episcopal de Tanzania, que el coronavirus sí estaba presente y enfatizó en la necesidad de usar mascarillas.

Ahora, la presidenta ha admitido su existencia y dado un vuelco radical a un discurso que ha aislado al país y ha dañado su imagen frente a la comunidad internacional. «La narrativa sobre Tanzania había empeorado hasta el punto de que estaba afectando a empresarios en sus negocios», comenta el periodista Syriacus Buguzi, quien asegura que eso empujó el cambio.

A pesar de ello, Mama Samia tiene difícil transformar una retórica que ha calado hondo en la sociedad tanzana. El Gobierno y los funcionarios llevan mascarilla para dar ejemplo, pero en las calles no se ve ninguna y la distancia social no existe. «Mucha gente todavía recuerda con cariño a Magufuli por no imponer confinamientos y tener una postura relajada con el coronavirus», dice -Issa Yussuf, periodista del diario tanzano Daily News. Por el momento, el Ejecutivo no publica resultados de casos positivos todos los días: «Mama Samia va con cuidado, no quiere asustar a la población ni que piensen que ha sucumbido a la presión internacional», concluye Yusuf. Sin embargo, a primeros de octubre se anunció que el Gobierno publicaría datos semanalmente sobre la pandemia de coronavirus. La ministra de Sanidad tanzana, Dorothy Gwajima, advirtió que «se actualizarán las informaciones a través de la página web de la Organización Mundial de la Salud»

Uno de los mayores retos de Samia pasa por encontrar un equilibrio que le permita realizar los cambios que el país necesita mientras acalla las voces que cuestionan sus decisiones dentro de su partido. Su perfil cauteloso y estratega es clave en la búsqueda de esta armonía. Un estilo diametralmente opuesto al intimidante, enérgico y populista de Magufuli, al que se conocía como el Bulldozer por su afán de aplastar a todo el que se le oponía.

Además, su sucesora se ha esforzado por mantener y reparar las relaciones con el exterior. En sus ocho meses en el cargo ha realizado ya nueve visitas oficiales, tan solo una menos que su predecesor en seis años. El cambio también ha sido propiciado dentro de su propio país. «El Gobierno ha contenido su entusiasmo por la represión», afirma -Awami. A su llegada al poder, la nueva presidenta levantó las restricciones contra medios, defendió la libertad de expresión y tendió la mano a la oposición en lo que vislumbraba una nueva era.

Sin embargo, el arresto en julio del líder opositor Freeman Mbowe, acusado de cargos de terrorismo, ha puesto en entredicho su agenda de cambio. Aunque la presidenta asegura que su causa data de antes de su llegada, su encarcelamiento ha hecho saltar todas las alarmas entre la oposición y los activistas políticos.

Mientras tanto, en la calle, la mayor duda es si una mujer será capaz de liderar el país, sin importar mucho su afán de renovación. «Para la gente humilde como los vendedores de frutas, los conductores de boda boda... Para toda esa gente que no está interesada en política o no dirige grandes empresas, es distinto, nada ha cambiado. Cada día es solo un día más».

La vida sigue sin detenerse ante la política. Y sigue también en Kizimkazi, donde la fugaz visita de su aclamada paisana deja una resaca que durará días. Una sensación de orgullo y optimismo reflejada en la cara de los niños que, vestidos con uniforme, estrenarán la nueva escuela inaugurada por su vecina, la presidenta.