Infieles a sus principios

Artículo publicado en Africaye

En el sur de África, 2019 ha sido un año electoral intenso. En Sudáfrica, Namibia y Mozambique los partidos en el gobierno han podido revalidar su mandato en el poder, pero detrás de cada victoria dejan un halo de duda que confirma su envejecimiento.

Los Antiguos Movimientos de Liberación del Sur de África anclados al poder

El Congreso Nacional Africano (CNA) liderado por Cyril Ramaphosa en Sudáfrica cosechó su peor resultado en unas elecciones generales con un 57,50% de los votos y perdiendo 19 asientos en el parlamento. El declive económico del país -con un crecimiento reducido al 0.5% y bajo amenaza de una rebaja del crédito a bono basura- ahuyentan a inversores a los que el magnate Ramaphosa está siendo incapaz de convencer desde la butaca de presidente. Por su parte, en Namibia la Organización del pueblo de África del Sudoeste (SWAPO) también venció, aunque perdiendo 13 parlamentarios y una caída de apoyos al presidente Hage Geingob, de un 87% en 2014 a un 56.3%. La crisis financiera está afectando gravemente al país y se prevé una recesión del 1.7% este año.

Tanto el CNA como el SWAPO consiguieron revalidar sus victorias en unas elecciones consideradas como justas y fiables, algo que sin embargo no ocurrió en Mozambique. El Frente de Liberación de Mozambique (FRELIMO) liderado por Filipe Nyusi arrasó con el 73.46% de los votos tras una campaña violenta que dejó 10 muertos, y con acusaciones por parte de observadores locales e internacionales de irregularidades en el censo de los votantes, así como la existencia de votantes fantasma.

Todos ellos representaron en sus inicios la lucha del nacionalismo africano contra
las injusticias del colonialismo y el apartheid, y apoyaban un sistema de socialismo
marxista que redistribuyera la riqueza entre la población negra.

Todos estos partidos llevan hermanados desde sus respectivas independencias bajo una misma asociación, los Antiguos Movimientos de Liberación del Sur de África (AMLSA). A ellos tres se unen la Unión Nacional Africana de Zimbabue - Frente Patriótico (ZANU-PF), el Movimiento Popular de Liberación de Angola (MPLA) y el Chama Cha Mapinduzi (CCM) en Tanzania. Todos ellos representaron en sus inicios la lucha del nacionalismo africano contra las injusticias del colonialismo y el apartheid, y apoyaban un sistema de socialismo marxista que redistribuyera la riqueza entre la población negra.

Un cuarto de siglo después de la llegada al poder del último de ellos, el CNA de Mandela, todos continúan en el poder, pero todos pierden nivel de atracción al haberse olvidado de sus ideales. Todos ellos siguen viviendo de las rentas. La incapacidad de reducir la brecha entre blancos y negros, que siguen cobrando hasta tres veces menos, en el caso de Sudáfrica, la escasa redistribución de la riqueza, que coloca a Sudáfrica y Namibia como dos de los tres países con mayor desigualdad de ingresos del mundo, y los altos niveles de desempleo, que en Sudáfrica provoca que la gente cobrando subsidios estatales supere a la que trabaja. A todo ello se suma la corrupción y la falta de inclusión de la juventud en el panorama político y laboral.

Sin embargo, cabe echar la vista atrás para conocer la naturaleza de estos antiguos movimientos de liberación y repasar sus trayectorias particulares, para después apuntar qué errores han cometido y los cambios que deben acometer para adaptarse a los nuevos tiempos, como analizo en mi último trabajo de investigación para el Navarra Center for International Development "El ocaso de los movimientos de liberación del sur de África".

Parches al enfermo

Los movimientos de liberación nacieron como elementos contestatarios contra un tipo de "colonialismo de asentamiento" distinto del aplicado en la mayor parte del continente. Representaban todo lo contrario a las colonias: defendían un gobierno de mayoría negra, la igualdad ante la ley independientemente de la raza y un sistema marxista que redistribuyera la riqueza entre la población.

Aupados por la ola de descolonización en todo el continente tras la Segunda Guerra Mundial, estos grupos comenzaron una resistencia pacífica, pero ante las graves represiones por parte de las autoridades coloniales en los años 60 los movimientos de liberación adoptaron la lucha armada. Fue entonces cuando comenzaron a estrechar lazos entre ellos, ofreciendo ayuda y refugio a los guerrilleros que luchaban desde el exilio. El brazo armado de SWAPO luchaba desde Angola, mientras que el del CNA lo hacía desde Mozambique, ambos países ya liberados del yugo colonial. Fue en esta época de lucha armada en la que los movimientos de liberación comenzaron a adoptar un modelo de guerrilla, en el que, como en una guerra, prima la disciplina, la obediencia y el sistema jerárquico, características mantenidas hasta el día de hoy.

Estos grupos encarnaron la lucha por la democracia y la igualdad, pese a no ser democráticos internamente. Los AMLSA, por ejemplo, aceptaron celebrar elecciones de transición a través de las que accedieron al poder, y desde entonces han demostrado que respetan el sistema democrático siempre y cuando les beneficie. El ejemplo más claro fue la derrota de Robert Mugabe en la primera vuelta de las elecciones de 2008 ante su rival Morgan Tsvangirai, del Movimiento por el Cambio Democrático (MCD). Antes de la segunda ronda, Mugabe se sirvió de la represión de las fuerzas del Estado para amedrentar a los votantes de la oposición, asegurándose el triunfo. Ante los graves fraudes, la presión internacional provocó que Mugabe aceptara un gobierno de coalición con Tsvangirai. Sin embargo, el silencio del resto de antiguos movimientos de liberación en el poder demostró que la camaradería y el apoyo a un partido hermano va por delante del cumplimiento con las normas democráticas, y generó un aviso preocupante sobre cómo podrían responder el resto de AMLSA en caso de perder en las urnas. A ello se le suma el desprecio por la oposición, con acusaciones a opositores de tener vínculos colonialistas, y la creencia firme de que representan a la nación. La retórica de lucha y el legado de la liberación siguen formando parte a día de hoy de la idiosincrasia de estos movimientos.

A pesar de todo, cabe diferenciar claramente trayectorias por países. Naciones como Sudáfrica y Namibia son de las más democráticas y con respeto por los derechos civiles en todo el continente, en comparación a otras como Angola, Mozambique y, sobre todo, Zimbabue.

Al poco tiempo de su llegada al poder, la Unión Soviética desapareció
y el socialismo perdió la batalla contra el capitalismo liberal.
Los movimientos de liberación tuvieron dos opciones:
o ser fieles a sus valores o jugar en el nuevo sistema mundial

En materia económica el peor parado ha sido Zimbabue, que en 2019 cuenta con más de 5 millones de personas que sufren inseguridad alimentaria y dos tercios de su población viviendo en la pobreza. Las ocupaciones de tierras propiedad de los blancos a principios del siglo XXI por parte de los veteranos guerrilleros que habían quedado fuera de las filas del nuevo ejército del país redujeron drásticamente la producción agrícola. Este es un gran ejemplo de las decisiones a las que tuvieron que enfrentarse estos gobiernos. Al poco tiempo de su llegada al poder, la Unión Soviética desapareció y el socialismo perdió la batalla contra el capitalismo liberal. Los movimientos de liberación tuvieron dos opciones: o ser fieles a sus valores e implementar una agenda marxista sin el apoyo internacional de un socio fuerte y aislados de las inversiones, o jugar en el nuevo sistema mundial y atraer un muy necesitado capital a su país. Todos optaron por la segunda vía, temerosos de quedar aislados del mundo. Así,los AMLSA pasaron de abanderar el socialismo a centrarse en la transformación racial, buscando hacer representativo el número de personas negras con respecto a las blancas en instituciones públicas, organismos y empresas.

Los cinco grandes errores

Ahí, en esa decisión, comenzaron a fraguarse una serie de errores que son los que les han llevado a ir perdiendo apoyo con el tiempo. En primer lugar, las políticas de representatividad por raza provocaron ineficiencia estatal. La exclusión colonial provocó que a la población negra le faltara experiencia para ocupar altos cargos, lo que causó que en países como Namibia una cuarta parte de estos se quedaron vacíos.

Por otra parte, esas mismas políticas han servido para promocionar una cultura clientelar y de corrupción que ha llevado a la captura del Estado por parte de los partidos políticos, que se sirven de colocar a simpatizantes en cargos públicos para tejer una red de personas leales que les mantengan en el poder.

El tercer factor ha sido la incapacidad para eliminar la desigualdad económica y el desempleo. Los AMLSA se han acomodado a un sistema donde se prima a las grandes compañías en lugar de las pequeñas y medianas empresas, y no han conseguido reducir la brecha racial ni generacional. La juventud ha quedado aislada del mercado de trabajo -tasas de desempleo juvenil del 40,7% en Sudáfrica y 46,1% en Namibia- y sin voz ni capacidad de decisión en el gobierno ante unos líderes que desprestigian a quienes no hayan luchado por la liberación.

A todo ello se suma el surgimiento de facciones en el seno de los antiguos movimientos de liberación. Esto ha provocado que muchos líderes acaben en deuda con los que les ayudaron a llegar hasta lo más alto, como es el caso del expresidente de Sudáfrica Jacob Zuma con la familia Gupta, así como un distanciamiento de la ciudadanía.

Pero la mayor traición a la población africana ha sido el abandono de su ideología por mantener el poder. A pesar de tener motivos para aplazar su agenda socialista y de justicia racial ante las dificultades al llegar al poder, los AMLSA se han acomodado en un sistema que les funciona, desterrando una visión de Estado en beneficio de todos por una en beneficio de unos pocos.

El 2019 ha lanzado un aviso a estos partidos de que su fin puede estar más cerca que nunca si no consiguen reinventarse. Para ello, deben olvidarse de peleas internas y alejarse de prácticas clientelares, y demostrar de una vez a su población que son capaces de solventar la desigualdad económica, el desempleo y la falta de oportunidades para una juventud que amenaza con tirar la puerta abajo si no se la abren. Si no cambian los ciudadanos les echarán, en las urnas o en las calles.