El arcoíris se apaga

Reportaje publicado en la revista Mundo Negro.

En 2020 se cumplen 30 años de la legalización del CNA, iniciativa fundamental para el final del apartheid. Sin embargo, la transición democrática promovida por De Klerk y Mandela se tambalea en Sudáfrica.

Una ardilla posaba ante la cámara de dos turistas a la sombra de los árboles. Unos metros más allá, un guía con las facciones propias de los afrikáners saludaba a un hombre que tenía un puesto callejero donde vendía pequeños objetos artesanos de madera. Enfrente de él, una mujer negra ofrecía mangos, sandía y todo tipo de fruta para apaciguar el calor de verano que cae a plomo después de comer en Ciudad del Cabo. Era el 2 de febrero de 2020, y el canto de los pájaros transmitía tranquilidad en la calle peatonal que separa el Jardín de la Compañía del Parlamento sudafricano. Nada hacía pensar que en ese mismo lugar, 30 años atrás, un hombre blanco iba a sorprender a propios y extraños anunciando el fin de uno de los sistemas segregacionistas más estrictos de la historia.

El 2 de febrero de 1990, Frederik Willem de Klerk llegaba a la apertura anual de un Congreso tan blanco por dentro como su fachada. Cientos de periodistas se agolpaban para presenciar la salida de prisión de Nelson Mandela tras más de 27 años encarcelado por defender los derechos de la mayoría negra. Sin embargo, De Klerk tenía algo más grande en mente. La excarcelación de Mandela se hizo esperar nueve jornadas más, pero ese día el último presidente blanco sudafricano puso la primera piedra del fin del apartheid. «La prohibición del Congreso Nacional Africano (CNA), del Congreso Panafricano, del Partido Comunista de Sudáfrica y otras organizaciones subsidiarias se levanta», anunció De Klerk, quien en su discurso legalizó 33 organizaciones y dio por finalizado un estado de emergencia en el país que duraba 24 años.

Blancos y negros tienen los mismos derechos 30 años después, pero la nación arcoíris, como la denominó Desmond Tutu, se divide por unas diferencias cada vez más insalvables.

Los sudafricanos blancos, que representan tan solo un 8,9 % de la población sudafricana, cobran tres veces más de media que la población negra, un 80 % del total. Además, en 2019, más de un 30 % de la población negra estaba desempleada, por solo un 6 % de las personas blancas. Una brecha que coloca a Sudáfrica como el país con mayor desigualdad de ingresos, según el coeficiente Gini. Los malos datos económicos llevaron en 2017, por primera vez, a tener a más gente recibiendo subsidios estatales que trabajando, tras un incremento del 328 % de personas recibiendo ayudas desde comienzo de siglo.

«Tenemos una situación irónica, donde una mayoría está desempleada y es pobre, mientras que un sector de la población disfruta de la vida», aseguró Moeletsi Mbeki, economista, político y hermano del -expresidente Thabo Mbeki. El economista hizo su valoración en la conferencia anual de la Fundación FW De Klerk, en un salón con una mayoría de cabezas blancas y sin pelo. El propio expresidente De Klerk participó y se mostró muy crítico, acusando al Gobierno, del CNA, de abandonar la reconciliación liderada por Mandela. «Imploro al CNA a abandonar la tiranía y la racialización de Sudáfrica y volver a las políticas pragmáticas que se impusieron entre 1993 y 2007», exclamó el octogenario exmandatario.

En 2007, Jacob Zuma subió al poder del CNA y lideró el país desde 2009 hasta que su propio partido le obligó a renunciar, en 2018, ante los numerosos escándalos de corrupción que lo rodearon y que, por extensión, afectaban a la reputación del Gobierno y del país. Durante su mandato desapareció un tercio del PIB de Sudáfrica en lo que se ha denominado la «captura del Estado».

Pero lo que más sigue preocupando a la minoría afrikáner es la decisión del presidente Ramaphosa de proseguir con las intenciones de Zuma: la expropiación de tierras sin compensación a los blancos. A pesar de no tener datos claros por raza, la minoría blanca sigue siendo propietaria de una gran parte de las tierras en manos privadas. El respeto a la propiedad privada y las tierras de los blancos fue uno de los 34 puntos del acuerdo al que llegaron el entonces Gobierno del apartheid del Partido Nacional (PN) y el CNA. Es por ello que esta política, más allá de las cuestiones económicas imperantes, supone para la pequeña población afrikáner la demostración de que los compromisos acordados en la transición están rotos. «El PN y el CNA tenían un acuerdo a pesar de ser completamente antagónicos», reflexionó Theuns Eloff, uno de los mediadores durante el proceso de negociación de la nueva Constitución sudafricana de 1993. «El país estaba ardiendo, la gente era asesinada y queríamos llegar a unas elecciones lo antes posible», recordó Eloff en la conferencia.

La división política y racial se ha visto reflejada en el escenario resultante tras las últimas elecciones. El partido de extrema izquierda Luchadores por la Libertad Económica ganó 19 escaños en el Parlamento sudafricano a costa del CNA, mientras que el Frente por la Libertad, formación racista que defiende la autodeterminación afrikáner, subió seis parlamentarios ante la caída de la Alianza Democrática, principal partido de oposición al Gobierno. El primero lo lidera Julius Malema, quien ha sido condenado por delitos de odio y anima a ocupar las tierras de los blancos «sin matarlos, al menos de momento». El segundo lo forman nostálgicos del apartheid que rechazaron el acuerdo democrático y reclaman, desde entonces, la creación de un estado para la población blanca afrikáner.

30 años después del proyecto conciliador, los colores de la nación arcoíris se apagan en la división y el odio racial. «Sudáfrica todavía puede tener una guerra civil», avisa -Moeletsi Mbeki. A pesar de todo, De Klerk no se arrepiente de la decisión que tomó hace tres décadas. Ante la pregunta de si se imaginaba una -Sudáfrica como la actual cuando decidió poner fin al apartheid en 1990, De Klerk es claro: «Sí, la intención era unir al país y se ha cumplido, así que, a pesar de todo, estoy orgulloso».