África se mueve: así cambia el continente en el siglo XXI

Artículo publicado en Nuestro Tiempo. Portada del número 704 de la revista. Escrito junto con José Manuel Cuevas.

El continente es cada vez más joven y urbano. Atraviesa una regeneración democrática -dieciocho países africanos convocan elecciones en 2019- y un crecimiento exponencial de la población, que duplicará sus habitantes en 2050. Los deseos de cambio y protagonismo de una nueva generación se presentan clave en una región que se desarrolla a distintas velocidades.

4 de abril de 2019. Las tropas del mariscal Jalifa Haftar comenzaron el ataque a Trípoli, la capital de Libia. El objetivo es derrocar al Gobierno de unidad reconocida por la comunidad internacional y respaldado por la ONU. Una semana después del comienzo de la Semana Santa en España con el precio del combustible en máximos anuales. No es coincidencia. Libia es el cuarto país desde el que España importa más petróleo, por el que pagaba hasta 2.000 millones de dólares en 2017. El primer exportador también es africano: desde Nigeria llegan el 15 por ciento de las reservas de oro líquido.

«Seguirán sucediendo cambios en Europa y en España, y África seguir a catorce kilómetros de nuestras costas cada vez más poblada, más joven, más compleja y con más oportunidades». Ramón-Gil Casares es uno de los españoles que mejor conoce el continente africano. Ha estado destinado en Guinea Ecuatorial, ha sido embajador en Sudáfrica y Sudán del Sur y asesor en la Dirección General de Política Exterior para África; ahora ejerce de embajador de España en Egipto.

Con una edad promedio de dieciocho años, África acaba de cumplir la mayoría de edad, mientras que Europa ya es cuarentona. El continente inauguró en mayo el Área Continental Africana de Libre Comercio, la mayor zona sin aranceles del mundo. Simultáneamente, el Reino Unido deja la Unión Europea y en Estados Unidos las políticas proteccionistas avanzan. La región subsahariana cuenta con veintiuna de las treinta metrópolis que más rápido se expanden en el planeta, mientras que el Este de Europa acoge la franja de ciudades más decrecientes en población.

África ha cambiado mucho desde el comienzo de la descolonización. En el continente hay países cuyos índices de gobernabilidad y democracia son cada vez mejores y en los que hacen negocios aumentados su atractivo. Sin embargo, persisten los conflictos devastadores como el de Sudán del Sur y líderes déspotas como el dictador Teodoro Obiang en Guinea Ecuatorial. Además, la región aún es la zona con más pobres. A pesar de todo, la situación general ha progresado.

Por ejemplo, en marzo de 2019 más africanos salieron de la pobreza de los que entraron en ella; una tendencia que probablemente seguirá al alza hasta llegar a una reducción de la pobreza de un millón de personas en 2020. Es un continente en movimiento. Sus instituciones, su gente y sus negocios avanzan en un territorio vasto y lleno de oportunidades. «Para descubrirlas, debemos hacer el esfuerzo de volvernos hacia el sur con una mirada distinta», asegura Gil-Casares. Al borde de la segunda década de este milenio, hay una alta efervescencia en el estado del continente, sus habitantes e instituciones.

AVANCES A RITMOS DISPARES EN CALIDAD INSTITUCIONAL

A sus veintidós años, a Alaa Salah no le tembló el pulso al subirse un coche en medio de la revolución contra el Gobierno de Sudán en Jartum. Una vez arriba, comenzó a recitar un poema puño en alto: «Las balas no matan. Lo que mata es el silencio de la gente». La imagen de la joven dio la vuelta al mundo como símbolo de la resistencia del pueblo sudanés, harto de treinta años de dictadura. La fotografía fue tomada el lunes 8 de abril y el cabo de tres días dimitía el presidente Omar al-Bashir ante la presión de una generación joven que no quiere ver a sus dirigentes vestidos con chaquetas verdes y condecoraciones de guerra. Tres meses después, Sudán ya tenía un gobierno de transición y una hoja de ruta para celebrar sus primeras elecciones democráticas de aquí a tres años.

La salida de Al-Bashir coincidió con la de su homólogo Abdelaziz Buteflika en Argelia, también ante una tensión ciudadana que se manifiesta todos los viernes desde el 22 de febrero exigiendo un gobierno civil. A esas protestas se les unió el acuerdo de paz en Mozambique entre gobierno y oposición firmado en agosto, que puso fin a un resurgimiento del conflicto derivado de quince años en guerra. También ayudó el compromiso del presidente y el líder opositor sursudaneses de formar un nuevo gobierno de coalición en noviembre que aporte estabilidad al país más joven del mundo, que no ha conocido la paz en sus primeros ocho años de existencia.

Estos hechos han ocurrido en menos de cuatro meses. Las demandas de democracia se suman a un total de dieciocho elecciones que se extenderán por África este 2019, que van a encaramar este fenómeno de participación ciudadana a una cifra récord.

El índice de democracia anual plasmado por The Economist Intelligence Unit destaca en los meses de este mismo año la «notable mejora» en la participación política en África subsahariana el lustro anterior. Por su parte, el estudio de gobernanza elaborado por la Mo Ibrahim Foundation prueba que, en la última década, en 38 de los 55 países -lo que perfila a dos tercios de la población total- los ciudadanos se han involucrado más en los asuntos públicos.

Sin embargo, la estabilidad institucional y el buen gobierno no evolucionan al mismo ritmo en los cincuenta y cinco países africanos. Los registros de Mo Ibrahim, entre otros, muestran cómo la diferencia se agranda entre unos y otros. En los últimos tres años, veintiocho Estados consiguieron su mejor resultado en términos de gobernanza, mientras que otros dieciocho obtuvieron su peor calificación. El país que más ha avanzado es Costa de Marfil, que tras salir de una segunda guerra civil en 2011 ha mejorado en doce puntos. En el extremo opuesto se encuentra Libia, un Estado fallido dividido en facciones y en conflagraciones bélicas desde la Primavera Árabe de 2011, en la que cayó el dictador Muamar el Gadafi.

Con todo, el progreso democrático, la preparación para gobernar y la profesionalidad institucional de los Estados africanos se han desarrollado considerablemente con respecto a sus primeros años de independencia. «Cuando yo empecé en los años setenta y ochenta en la diplomacia, teníamos enfrente Estados nuevos que nos presentaban una cara que no era de verdad», rememora Gil-Casares, quien recuerda una anécdota de aquella época que ocurrió en un país vecino de Guinea Ecuatorial. El actual embajador de España en Egipto cuenta que funcionarios españoles renegociaron la deuda y, al llegar a un acuerdo, los dirigentes africanos no se decidían a firmar. «Uno de los españoles fue a hablar con un director general para preguntar por qué no lo hacían y aquel político le dijo: «Es que en realidad no entendemos lo que estamos firmando». Hoy Gil-Casares se atreve a asegurar que tanto este y otros Estados africanos han emprendido una nueva etapa.

A pesar de todo, se agranda la división entre países africanos que mejoran y otros estancados o en retroceso, de acuerdo con Grace Obado, presidenta de la sección española del laboratorio de ideas África 2.0. Esta especialista destaca la necesidad de contar con unos gobernantes que realmente busquen el bien de la ciudadanía. «El avance depende de la suerte de tener un dirigente que quiera hacer políticas para el progreso del país», recalca, y sugiere como propuesta invertir en la formación de líderes, particularmente jóvenes, como elemento clave para el desarrollo de instituciones fuertes.

Ese propósito es incompatible con una característica común en varios países africanos: el neopatrimonialismo de los políticos, es decir, su tendencia a actuar como Vito Corleone en El Padrino, gobernando para una clientela cerrada. Esto se vive en Sudán y Argelia, con élites que han dirigido la nación durante décadas y ahora dejan caer a su presidente para lograr un acuerdo con el que seguir controlando el país. Algo similar ocurrió en Zimbabue, donde el Ejército obligó en 2017 al expresidente Robert Mugabe a dimitir después de treinta años y de intentar posicionar a su mujer como vicepresidenta, arrinconando a los prohombres del partido.

En África, de hecho, se encuentran seis de los diez jefes de Estado más longevos del mundo. La lista la encabeza el dictador Teodoro Obiang, que en agosto cumplió cuarenta años en el poder de Guinea Ecuatorial, y le siguen los presidentes de Camerún, República del Congo, Uganda, Chad y Eritrea. Ninguna de estas repúblicas se considera un Estado democrático. Un alto número de sus líderes son exguerrilleros que combatieron por la independencia de sus naciones, lo que para muchos los legitima todavía para gobernar. Por eso, los que nacieron después de la liberación se califican como ciudadanos de segunda línea que deben respetar a sus mayores.

En ese sentido, Gil-Casares destaca el poder de una generación africana que dispone de cada vez más acceso a internet y a medios de comunicación y que es consciente de los movimientos más allá de sus fronteras. «Los jóvenes tienen unos deseos de cambio mayores y se identifican con otras instituciones que no son la tribu», asegura. «La juventud es la gran oportunidad del cambio».

Gil-Casares anota que «la edad promedio de la población en África subsahariana es de veinte años, mientras que la de sus líderes es de 62. En cambio, la edad media de la OCDE es de 42 años y la de sus líderes de 54». El embajador español recomienda a los países europeos respaldar las peticiones de regeneración de la juventud ya que, de lo contrario, pueden producirse cambios violentos.

Dos medidas que muchos países han adoptado ante la presión de la sociedad civil son el multipartidismo y limitar el tiempo de los mandatos presidenciales. Algunos, como Kenia, vivieron en 2002 la primera transición pacífica entre partidos y en otros -como Sudáfrica- el cambio de presidente es habitual al cumplir dos mandatos, aunque sean mismo partido. Un estudio del Navarra Center for International Development (NCID) muestra que esta política ayuda a traer estabilidad y avances democráticos en aquellos Estados que respetan los mandatos, aunque cada palmo de terreno ganado para la democracia es frágil. La voluntad y el poder de los líderes pueden fácilmente revertir los cambios. Eso mismo ocurrió en Kenia, donde en 2007 los candidatos presidenciales agitaron el odio interétnico y provocaron una violencia que arrastró más de 1.400 muertos en dos meses y dejó el territorio al borde de la guerra civil.

Es ahí, de nuevo, donde se demuestra lo necesario de un íder que oriente el rumbo con deseo de cambio. En Etiopía, el Nobel de la Paz 2019 Abiy Ahmed llegó al poder en abril de 2018 con promesas de apertura, reforma y conciliación étnica. A las pocas semanas había liberado a presos políticos y dos meses después llegó a un acuerdo con la vecina Eritrea, con la que se abrió la frontera después de dos largas décadas. En un país controlado de facto por un partido y con una sociedad desmenuzada entre ochenta grupos étnicos, Ahmed busca, a sus 42 años, la democratización y la unidad nacional para traer estabilidad al país con mayor crecimiento económico del mundo, por encima del 7,9 por ciento del PIB anual.

Ahmed es un ejemplo de una generación de políticos jóvenes educados en un mundo globalizado y de un sentido político más amplio que las lógicas de poder basada en las etnias. «Importa mucho el líder que está detrás de las instituciones, casi más que la institución en sí», dice Obado. En un momento de cambio generacional y de crecimiento demográfico, la juventud africana da pasos al frente para tomar el poder e impulsar un crecimiento inclusivo.

EL PRESENTE DE ÁFRICA ES JOVEN Y URBANO

En la capital de Kenia, Nairobi, Isaac Muasa vive entre cuatro chapas de metal que hacen de casa. En ella se hacina en un pequeño salón y un cuarto con su mujer y sus tres hijos, el último recién nacido, Luther King Jr. Tiene 33 años, está desempleado y es vecino del barrio de Mlango Kubwa, situado en Mathare, el segundo mayor asentamiento informal y el más antiguo de Nairobi. En un área de apenas ocho kilómetros cuadrados tienen su vivienda entre 600.000 y 800.000 personas, más del doble de los 300.000 que habitaban la capital cuando Kenia consiguió la independencia del Reino Unido en 1963. Hoy, Nairobi tiene 4,5 millones de habitantes. El 60 por ciento vive en lugares de chabolas como Mathare, que tan solo ocupan un 5 por ciento del terreno.

Atraídos por las oportunidades de la ciudad, muchos jóvenes -como Muasa- han dejado las zonas rurales para asentarse en núcleos urbanos.Según Brookings Institution, en 2030 tendrá ya diecisiete ciudades que sobrepasarán los cinco millones de habitantes y noventa por encima del millón.

Al éxodo rural se le une un crecimiento demográfico notable. Mientras Europa languidece -España, por ejemplo, cuenta más muertes que nacimientos-, en África esperan duplicar sus 1.200 millones habitantes para el año 2050. De acuerdo con un informe de la Comisión Económica para África de Naciones Unidas (UNECA), para entonces el 56 por ciento de los africanos residirá en ciudades.

Dos retos decisivos marcan la agenda para los próximos treinta años: cómo integrar a las 867 millones de personas que según la UNECA se prevé que emigren del campo a la ciudad y cómo insertar en el mercado laboral a los 362 millones de jóvenes entre quince y veinticuatro años que habrá en el continente. Para lo primero urge mejorar las infraestructuras. «Si estás en el centro de la ciudad, no es muy diferente a países desarrollados, pero al salir ves la necesidad de mejorar esas infraestructuras básicas», asegura Carlos Reyes, jefe de los fondos para África en la International Finance Corporation (IFC), rama de inversión privada del Banco Mundial.

Reyes señala que, «en Nairobi, el 88 por ciento de los trabajos está disponible si tienes coche, pero solo el 23 por ciento si tienes que ir en bus y el 7 por ciento si vas andando. La inversión en infraestructuras básicas no tiene solo externalidades positivas en medioambiente o salud, sino también en crecimiento económico», expone.

Ahora bien, la migración masiva hacia las ciudades también puede repercutir de forma devastadora sobre el medioambiente debido a la saturación de las urbes y el abandono de las zonas rurales. Una situación que vivió Ciudad del Cabo, la segunda más rica del continente, a la que una grave sequía estuvo a punto dejar sin agua. Bridgetti Lim Banda, un ama de casa que fundó la ONG Cape Town Water Crisis a raíz de este problema, fue una de las casi cuatro millones de personas que se vieron obligadas a vivir con un máximo de cincuenta litros al día y la amenaza real de que llegara el denominado Día Cero, la jornada en que se cerrarían los grifos. Ella tuvo que olvidar la ducha caliente diaria que le permitía calmar su dolor crónico de espalda y pasar a elegir cuándo tiraba de la cadena del inodoro. La falta de agua es un problema que afecta a toda África y una investigación publicada en el Journal of Human Environmentcalcula que el 76 por ciento de la población vivirá en áreas con escasez de agua en 2025.

«En un continente donde la agricultura aún representa mucho del PIB, la solución es ayudar a crecer a esa zona de campo», pronostica Blanca Moreno-Dodson, directora del Center for Mediterranean Integration del Banco Mundial. «Además, el desarrollo rural permite afrontar los problemas de inseguridad alimentaria, proteger los ecosistemas y mejorar el medioambiente».

Una de las principales amenazas para revertir el abandono rural es el cambio climático: la subida de las temperaturas y del nivel del mar, la pérdida de biodiversidad, la acidificación de los océanos y la desertificación mueven a la población del campo a la ciudad. Los efectos de esta última en la degradación de la tierra pueden llevar a un aumento de la desnutrición en un 20 por ciento en 2050, según cálculos de la agencia de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO). Además, todos estos cambios pueden derivar a la larga en conflictos y desastres naturales que conlleven la migración de agricultores y ganaderos hacia las ciudades.

En Nigeria, por ejemplo, la desertificación de las zonas del norte del país abrió una pugna entre los ganaderos y los agricultores. Los primeros, nómadas de etnia fulani, acostumbraban a migrar por el norte del país, pero nunca habían bajado a la zona media, donde los labradores ocupan las tierras más ricas. Sin nada con que alimentar a sus animales, ocuparon los campos de los agricultores y se inició un enfrentamiento por los recursos naturales que ha escalado hasta contar diez mil cadáveres en la última década. La dureza de los ganaderos fulani, armados y organizados, les ha llevado a ser considerados uno de los peores grupos terroristas del mundo por el índice de terrorismo global del Institute for Economics and Peace.

África está en movimiento pero no solo del campo a la ciudad, sino también cruzando aduanas. En 2017, hasta 36 millones de africanos traspasaron la frontera de su nación en busca de una vida mejor, lo que supone un 14 por ciento de los migrantes de todo el mundo. Pero tan solo una minoría atravesó el Mediterráneo. El 75 por ciento de los que emigraron en la región subsahariana lo hicieron a otro país del mismo continente, una cifra que se reduce a algo más del 50 por ciento si contamos la zona del Magreb.

Quienes cambian de continente suelen estar más cualificados y contar con mayores recursos económicos, por lo que las migraciones más numerosas ocurren entre Estados de una misma región. Un claro ejemplo es la diáspora de Zimbabue a Sudáfrica. En un país de poco más de quince millones de habitantes, algunos cálculos indican que hasta cinco millones de personas se han trasladado al país vecino.

Existen razones muy variadas para emigrar, pero sin duda «la inestabilidad política, la falta de buena gobernanza y la disparidad socioeconómica originan la mayoría de los movimientos en África», tal y como afirma Moreno-Dodson. La economista garantiza que desde 2015 los países del Magreb han comenzado a acoger inmigración: «Se aprecian polos de entrada sobre todo en las grandes ciudades de Marruecos, Egipto y Túnez, aunque todavía no son receptores netos, aún son más los que salen que los que llegan».

El futuro de África es joven y urbano. Personas como Isaac Muasa ya desarrollan su vida en las ciudades en lugar de heredar las tierras de su familia. Uno de los mayores retos de esa migración es poder absorber la demanda de empleo y espacio físico, más aún en un continente que a la hora de ofrecer servicios básicos como empleo y vivienda dignos, agua y saneamiento, electricidad e infraestructuras de transporte, avanza a distintas velocidades.

LUCHA CONTRA LA POBREZA EXTREMA

En el planeta, de los 1.900 millones de personas que pasaban el día con menos de 1,90 dólares en 1990, ahora queda menos de un tercio. Entonces, un 36 por ciento de la población sobrevivía en la pobreza extrema; ahora, un 7,8 por ciento. Este fenómeno, no obstante, es cada vez más africano, porque los países del Sudeste Asiático y el Pacífico han reducido drásticamente esta lacra.

Por un lado, algunos países del continente son paradigmas de desarrollo: Ruanda y Etiopía han escapado de graves conflictos para convertirse en dos de las repúblicas con una mayor expansión económica, mientras que Ghana y Senegal han llegado a ser dos ejemplos de naciones con un crecimiento medio y estabilidad.

Sin embargo, sigue habiendo Estados que no logran legitimarse, como República Democrática del Congo, República Centroafricana y Sudán del Sur. «Es en estos territorios frágiles, presas del conflicto, donde se prevé que se concentre el 80 por ciento de la pobreza extrema en torno a 2030», vaticina Stefan Dercon, director del Centro para el Estudio de Economías Africanas de la Universidad de Oxford.

Para combatir la pobreza y promover el desarrollo, Dercon señala tres factores clave. El más elemental es la combinación de paz y estabilidad. Se requiere también un Estado efectivo que permita la elevación económica y la creación de un sistema social. Por último, unos líderes comprometidos pueden inclinar la balanza por el lado del futuro. «Para lograrlo hay que superar la disyuntiva de políticas proestado o promercado», afirma. «Además, obliga a gobernar más allá del periodo de elecciones, con una rendición de cuentas continua».

En Etiopía y Ruanda se dieron procesos de desarrollo ligados a la figura de sus líderes políticos, hombres de Estado con amplitud de miras. Un gobernante malo, en cambio, frena el progreso de su nación. Ahí están los casos de Uganda, Tanzania y Kenia, donde los jefes acapararon las millonarias riquezas para sí mismos y para quienes los apoyaban. En Kenia, por poner un ejemplo, la división étnica en la política ha llegado a normalizar la expresión «es nuestra hora de comer» entre los afines al presidente. 

Con este panorama, la participación directa de países terceros es cada vez más importante para apoyar el crecimiento económico de los Estados, promover el desarrollo político pacífico y aportar soluciones a largo plazo basadas en la confianza mutua. Se ha vuelto también crucial la Unión Africana (UA), una organización supranacional que se traza como objetivo la unidad política y socioeconómica de los 55 estados asociados. Se creó en 2002 como sucesora de la Organización para la Unidad Africana (OUA), una entidad panafricanista y socialista contra el colonialismo y el apartheid.

También se ha transfigurado el papel de los países occidentales. Por ejemplo, la Unión Europea ha cambiado su política para el desarrollo en África, a través de EuropeAid, que ha dejado de ofrecer donaciones para otorgar créditos con los que pretende dinamizar la economía de sectores específicos tratando a los Estados de igual a igual. En cuanto a lo privado, proliferan las empresas del Viejo Continente, sobre todo españolas y de los sectores energético y de infraestructura, que están haciéndose presentes en el mercado africano aprovechando la mejora de condiciones en algunos países como Sudáfrica, Nigeria o Ghana.

Como complemento a esa apertura, la búsqueda de soluciones africanas a problemas africanos también es una idea cada vez más presente. Ejemplo de ello es la entrada en vigor, el 30 de mayo de 2019, del Área Continental Africana de Libre Comercio, un espacio con un objetivo político y económico común que se ha puesto por escrito en la Agenda 2063 de la Unión Africana como primer paso para lograr un mercado común y una moneda única al estilo europeo. Esta agenda es la gran apuesta para consolidar el panafricanismo y el desarrollo inclusivo y sostenible, a través del apoyo mutuo en políticas que permitan a los países dar un paso al frente en el escenario global. Una medida reciente es la puesta en marcha en agosto del gobierno de transición en Sudán tras ocho meses de protesta. La Unión Africana lo suspendió en junio como país miembro tras la represión a los manifestantes y se involucró directamente en las negociaciones, que se cerraron en Etiopía con la mediación del primer ministro etíope, Abiy Ahmed.

Sin embargo, para poder actuar con libertad, los Estados todavía deben comprometerse más con el proyecto común de la Unión Africana tanto política como económicamente, ya que la financiación aún depende en un 54 por ciento de las ayudas al desarrollo de la comunidad internacional. El presidente de Ruanda, Paul Kagame, subrayó esta prioridad al establecer en 2018 el objetivo de que cada país miembro aporte el 0,2 por ciento de su presupuesto a financiar la organización supranacional, una cifra que solo cumplen catorce Estados.

ÁFRICA, PROTAGONISTA DE SU DESARROLLO Y DIVERSIDAD

La complejidad y diversidad que reúne el término África supera los lugares comunes y las formas tradicionales de contar lo que sucede en un continente con distintas realidades, lenguas y culturas, y en el que la situación política y socioeconómica puede variar enormemente de un país a otro, al margen de las historias comunes.

Por eso es necesario abrir el foco e intentar mostrar matices y complejidades. Cristina Manzano, directora de Esglobal, medio de análisis de asuntos internacionales, considera que las visiones tradicionales de África que ofrecen la cooperación y las misiones militares condicionan la imagen que se tiene del continente desde fuera, lo que lleva a generalizar. «No podemos evitar examinar el mundo desde una perspectiva eurocéntrica», sentencia. Por eso aboga por marcos temáticos más transversales, como el empoderamiento de la mujer, la rápida urbanización o la lucha contra el cambio climático, y por una mayor diversidad de voces en los estudios, incluyendo a la academia, la diplomacia y la empresa, para que aporten información y conocimientos que no se obtienen tradicionalmente a través de las ONG.

Para Manzano, esta necesidad viene dada también por el escaso interés que, en su opinión, despiertan los asuntos africanos, situación que atribuye a un círculo vicioso en el que se relacionan la sociedad civil, la cultura, el desinterés de los políticos y la crisis de los medios de comunicación. En ese intento por conocer en profundidad han salido adelante posturas pesimistas y optimistas sobre el presente y el futuro de África. Ambas corrientes se quedan cortas, de entrada, porque a más de cincuenta países no se les puede aplicar la misma vara de medir.

África está en movimiento. En el continente aún hay conflictos armados, gobernantes autoritarios, inseguridad alimentaria, migración forzada, pobreza extrema y corrupción, entre otros problemas sin solución a corto plazo. Pero al mismo tiempo son cada vez más los países cuya población va en aumento, en los que se multiplica el acceso a servicios sociales básicos y la economía crece, lo que amplía las posibilidades de que los efectos de ese desarrollo lleguen a más personas. El turno es, precisamente, para una juventud que pide paso y que ya protagoniza cambios políticos. Nuevos líderes que, junto con un mayor peso de la Unión Africana y unas relaciones renovadas con la comunidad internacional, desde lo público y lo privado, pretenden que el continente sea dueño de su desarrollo. Buscan dar soluciones africanas a problemas africanos. 

El anciano dictador


Teodoro Obiang Nguema (Acoacán, Guinea Española, 1942) es el presidente que más tiempo lleva en su carga en el mundo. Formado en la Academia Militar de Zaragoza, suma cuarenta años en el poder de la excolonia española de Guinea Ecuatorial, desde que derrocó a su tíoFrancisco Macías Nguema en un golpe de Estado con el beneplácito de España en 1979. Es el paradigma del viejo líder político africano que maneja su país como el patio de su casa. La pequeña nación occidental es el sexto productor de petróleo del continente y el lugar del mundo con mayor diferencia entre el PIB per cápita y el desarrollo humano. Toda la riqueza va a parar a manos de la familia de Obiang, un lavado de dinero por el que lo investigan fuera del país y le ha permitido coleccionar coches deportivos a su hijo Teodorín (1968), vicepresidente y fiel escudero listo para el relevo. El heptagenario dictador disfraza la nación de democracia celebrando elecciones amañadas -las últimas, en 2017- en las que a los periodistas les obligan a enseñar la papeleta para mostrar que no votan a la oposición, silenciada una base de represión y muertes. Con su autoritarismo echó incluso a la empresa productora de Cola Cao y ha convertido a Guinea Ecuatorial en la Corea del Norte de África.

La esperanza de Etiopía

Abiy Ahmed Ali (Beshasha, Etiopía, 1976), que recibió el premio Nobel de la Paz en octubre de 2019, ha revolucionado su país y el Cuerno de África en poco más de un año como primer ministro. Ha firmado la paz con la vecina Eritrea y ha abierto las fronteras, que llevaban veinte años cerradas; ha despenalizado a tres partidos de la oposición considerados como grupos terroristas y ha dado la bienvenida a sus líderes de vuelta desde el exilio; ha nombrado un gobierno paritario e intercedido para elegir por primera vez una presidenta etíope, y ha comenzado a liberalizar un sector público heredero de la época comunista que acabó en 1991. Exponente de una hornada de nuevos políticos, sus acciones le han valido entrar en la lista Time de las cien personas más influyentes del mundo. Ahmed llegó al poder en abril de 2018 tras la dimisión de Hailemariam Desalegn con la nación en estado de emergencia. Su partido le eligió por su carácter conciliador y por ser de la etnia oromo, la mayoritaria de Etiopía y que jamás había dado un primer ministro. Sin embargo, su política de aperturismo ha hecho aflorar las tensiones étnicas, como dejó patente el golpe de Estado en junio contra el Gobierno de la región de Amhara. Ahmed todavía tiene la difícil papeleta de conjugar una paz estable en un país acostumbrado a resolver con mano dura las diferencias.