África ante los líderes populistas que amenazan la lucha contra el coronavirus

Artículo publicado en esglobal

En algunos países de África han emergido líderes negacionistas de la COVID19 que suponen un peligro para la salud y que parecen no querer aprender de otras epidemias pasadas en el continente.

La pandemia del coronavirus ha llegado a todos los rincones del mundo. Pero la incidencia de este en África es la menor de todo el planeta, con la excepción de Oceanía. La enfermedad afecta ya a todos los países, pero a 26 de mayo en todo el continente se registran 115.000 casos y poco más de 3.000 muertes lo que supone un 2% de todos los casos a nivel mundial en un territorio con 1.200 millones de habitantes que representa al 17% de la población mundial. La experiencia con epidemias como el VIH, el ébola, el sarampión y la polio, entre otras, provocó que los gobiernos tomaran medidas pronto para evitar la llegada del virus.

Tan solo Sudáfrica, Argelia y Egipto esperaron a tener más de cien casos para tomar medidas. Estas tres naciones junto con Marruecos son las que más casos aglutinan, los únicos países por encima de 5.000 positivos por coronavirus y la mitad de todos los contagios en el continente. La mitad de todos los países africanos adoptaron distintas pautas de distanciamiento social con menos de diez casos, mientras que ocho de ellos directamente ni esperaron a registrar uno solo. Los más afectados, por el momento, son de los que mayor renta tienen en el continente y conexión con el exterior, pero un estudio del think tankestadounidense African Center for Strategic Studies asegura que son los Estados más pobres los que tienen mayor riesgo de contagio si el coronavirus penetra sus fronteras.

Con unos sistemas sanitarios precarios, la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha incidido en la importancia de tomar medidas de prevención en África. Sin embargo, en el continente han emergido políticos negacionistas que han provocado que la OMS publicara una lista de los nueve Estados en donde les preocupa la respuesta institucional: Burundi, Camerún, Eritrea, Madagascar, República Democrática de Sudán del Sur, Somalia, Tanzania y Zimbabue. En estos países han emergido políticos con falta de liderazgo que reniegan del virus y suponen un peligro para la población. El negacionismo sigue unas tendencias y se puede aunar en tres tipos: medidas basadas en la fe, remedios naturales y culpas a externos.

Las referencias a la protección divina y a la fe han sido repetidas por varios líderes. En Burundi el portavoz del presidente, Pierre Nkurunziza, aseguró que el país "es una excepción entre otras naciones ya que ponemos a Dios delante y nos protege". A ello se le ha unido un rechazo al acceso de organizaciones humanitarias a los centros provistos como cuarentena para personas con positivo por la COVID19. En el sur, el ministro de Defensa de Zimbabue, Oppah Muchinguri-Kashiri, aseguró que su nación estaba exenta de la enfermedad: "El coronavirus es un castigo divino contra los países occidentales que nos han impuesto sanciones". En Egipto, el Ramadán ha sido la causa por la que el gobierno ha relajado el toque de queda impuesto, a pesar de que en otros países como en Marruecos se han endurecido las medidas. Al margen de los líderes políticos, organizaciones religiosas también se han mostrado a favor de la fe como respuesta al virus. La Iglesia Pentecostal ha dicho que ha comenzado una "guerra espiritual" contra él.

El presidente de Tanzania, el más criticado

A ellos se le une el presidente de Tanzania, John Magufuli, cuya gestión es la más criticada del continente por la OMS. Durante su mandato a Magufuli se le ha acusado de emplear tácticas autoritarias y de represión contra la libertad de prensa por parte de expertos y organismos internacionales como Amnistía Internacional y Reporteros Sin Fronteras.

Magufuli ha combinado sus creencias con críticas a externos para rebajar la tensión por el coronavirus. Primero se basó en su creencia religiosa y aseguró que no iba a cerrar los lugares de culto porque allí es donde uno se cura: "Corona es el demonio y no puede sobrevivir en el cuerpo de Jesucristo", llegó a asegurar, y añadió: "Es tiempo de mirar a dios y no depender de mascarillas". Pero con el paso de las semanas ha pasado a echar la culpa del aumento de casos a factores externos. Ha culpado precisamente a las mascarillas importadas de contener el virus; ha prohibido la fumigación en la capital, Dar es Salaam, asegurando que es una "tontería" ya que solo sirve para matar mosquitos y cucarachas; ha acusado a los tests de no funcionar e incluso ha insinuado que los técnicos de laboratorio pueden estar detrás de un sabotaje al asegurar que una papaya, un buey y una cabra habían dado positivo por la COVID19. Mientras, en el último registro dado por el gobierno se reportaron 480 casos, un incremento de un 69% en tan solo cinco días, y 16 muertes, entre ellos tres parlamentarios. Ante tal aumento, Magufuli decidió destituir al ministro de Sanidad, Faustine Ndugulile, tras recriminarle fomentar el pánico entre la población.

Dentro del país la oposición ha criticado la labor del presidente y la falta de datos ha hecho que la población deje de confiar en los que son oficiales. A ello se han sumado la circulación de vídeos de funerales clandestinos por la noche que hacen que la gente crea que el número de casos sea mucho mayor de los que se han reportado. Magufuli ha ido perdiendo popularidad desde su elección como presidente en 2016 y en dos años bajó de un 90% de aprobación a un 55% entre los tanzanos. Sin embargo, ha cargado contra la oposición arrestando a rivales y silenciando a sus críticos durante su mandato, lo que le ha hecho ganarse el apodo de 'buldózer' y mantener un control político difícil de cambiar.

A pesar de todo, Magufuli ha ido un paso más allá y se ha sumado a la ola de los remedios naturales como curación del virus. El presidente de Tanzania y su homólogo de Congo-Brazzaville, Denis Sassou-Nguesso, han prometido importar la bebida Covid-Organics, promocionada como una cura para el coronavirus por Madagascar. El presidente del país isleño, Andry Rajoeilina, ha asegurado que esta bebida a base de hierbas es un "remedio terapéutico" ya que su principal ingrediente, la artemisa, tiene "propiedades antivirales y capacidades inmunitarias". Rajoelina ha animado a los malgaches a cultivar esta hierba para poder exportarla y tiene pedidos ya de Guinea-Bissau y Guinea Ecuatorial, además de Congo-Brazzaville y Tanzania, a pesar de que la OMS ha asegurado que no hay prueba de su eficacia y ha desaconsejado «la automedicación con ninguna medicina como prevención o cura frente a la COVID19".

Este es solo uno de los autoproclamados como remedios naturales y propagados como la pólvora. El gobernador de Nairobi, Mike Sonko, ha repartido botellas pequeñas de coñac Hennessy a los residentes de la capital de Kenia asegurando que ayuda a luchar contra el coronavirus. La marca aludida tuvo que salir al paso para decir que ni el consumo de su bebida alcohólica ni ninguna otra protege contra el coronavirus. Más allá del coñac, otros falsos remedios curativos han corrido multiplicados por los medios y redes sociales tales como que beber té negro por la mañana ayuda a protegerse, que la sopa de pimienta con lima ayuda a expulsarlo, que inhalar vapor de hojas de nimbo mejora el sistema immune y previene el virus y que tomar pastillas de vitamina-C te impide contagiarte de Covid-19. *

Todas estas prácticas han sido criticadas por la comunidad científica. El director del Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades de África, John Nkengasong, ha asegurado que los tests que proveen son seguros. En la misma línea, la directora de la OMS en África, Matshidiso Moeti, ha pedido a los gobiernos que compartan información y que no confíen en métodos no probados: "Los africanos merecen utilizar medicinas testadas con los mismos estándares que en el resto del mundo", dijo.

Por su parte, desde los laboratorios africanos los científicos se han unido en alianzas a nivel global para intentar buscar una cura y vacuna a la enfermedad, pero para ello reclaman más medios. "Una cuestión vital que los gobiernos deben abordar es la financiación de la investigación universitaria y el apoyo a los investigadores para que participen con las comunidades", pidió Dr. Anne Kamau, directora de la Alianza de Universidades de Investigación Africanas.

La falta de medidas podría llegar a ser devastadora. La oficina económica de la ONU en África calcula que como mínimo 300.000 personas morirán a causa de la COVID19 en el continente, mientras que la OMS cifra un total de 190.000 muertes probables en un año. El más vulnerable es Sudán del Sur, un país devastado tras años de conflicto donde el coronavirus ya ha llegado a los campos de desplazados más poblados y amenaza a los más pobres e indefensos.

Casos de malas praxis en epidemias previas

Una de las principales ventajas de África ante la pandemia esgrimidas por organismos internacionales y locales es la experiencia con epidemias. Esto supone que la población está concienciada acerca de los peligros de las enfermedades infecciosas y existen protocolos de prevención claros establecidos entre instituciones y el amplio número de ONG y entidades sanitarias desplegadas en el continente.

África ha sufrido epidemias desde hace cientos de años, desde la conocida como enfermedad del sueño pasando por el tifus, el cólera, el VIH, la polio, el sarampión o el ébola, entre otras. En algunos de estos brotes han sido sonados los casos de negacionismo o la respuesta titubeante de las autoridades que han contribuido a su expansión.

El caso más reciente es del actual brote de ébola en la República Democrática del Congo. Allí la falta de control del gobierno de todo el territorio se unió a la poca confianza en un Ejecutivo que había retrasado durante más de un año las elecciones presidenciales y cuya credibilidad estaba por los suelos. Los casos de corrupción y la expropiación de recursos mineros también sumaban a las sospechas ciudadanas. El que fue ministro de Sanidad hasta julio de 2019 fue arrestado dos meses más tarde acusado de desviar 4,3 millones de dólares destinados a la lucha contra la epidemia. A los más de dos mil muertos por el brote del ébola se le unen los fallecidos por una epidemia más silenciosa, conocida y letal: el sarampión. En 2019, 6.000 congoleños murieron -el 90% de ellos niños- a causa del sarampión, descontrolado por todo el país y con un gobierno incapaz de frenarlo debido a tres máximas: la falta de recursos, la dificultad de acceso a lugares remotos y la inestabilidad política.

En el brote de África Occidental de 2014 países como Libera y Sierra Leona acababan de salir de una guerra civil y sus gobiernos eran débiles y estaban divididos, llevando a algunos a creer que el ébola sólo era una mentira introducida por los políticos para atraer una mayor atención internacional que incrementara las ayudas al desarrollo en una época de posguerra. Mientras, en Guinea se hizo popular el falso rumor de que era un virus introducido para hacer políticas de control de la población y cosechar órganos humanos. En este último país la ONG Médicos Sin Fronteras acusó a los ministros del gobierno del presidente guineano Alpha Condé de intentar minimizar el riesgo y los casos para no asustar a los turistas e inversores.

Esta falta de confianza en las instituciones se está repitiendo ahora con el coronavirus. Una encuesta en una docena de países muestra que hasta un tercio de los congoleños está muy en desacuerdo con las medidas adoptadas por su gobierno.

Las medidas de distanciamiento social son consideradas más efectivas en aquellos países pequeños y con gobiernos autoritarios donde el alcance es mayor como Ruanda y Uganda, mientras que en aquellos más grandes y diversos como Nigeria y Kenia existe una falta de confianza en las instituciones públicas. En ambos países, la ausencia de confianza se ha visto reforzada por la violencia policial a la hora de implementar las cuarentenas, con informes de al menos 18 muertos en Nigeria y 6 en Kenia por los excesos de los servicios de seguridad.

El negacionismo del VIH en Sudáfrica

El caso más grave de todos es el del expresidente sudafricano Thabo Mbeki, quien negaba la existencia de un vínculo entre el sida y un virus. Mbeki rechazaba los antirretrovirales asegurando que eran ineficaces y simplemente vinculaba las altas tasas de sida a la pobreza que llevaban a tener un sistema inmunológico débil. Es por ello que su gobierno promovía la buena nutrición con hierbas naturales y verduras como las patatas o el ajo como la mejor manera de no contraer la enfermedad.

Su negacionismo duró desde la llegada del VIH a Sudáfrica hasta su salida de la presidencia en 2008. Investigadores de Harvard estimaron que su actitud causó más de 330.000 muertes evitables y que 35.000 niños nacieran con la enfermedad.

Peor aún, su política de negación ha provocado que el sur del África sea la región con una mayor tasa de VIH en el mundo. Las pequeñas naciones de Esuatini y Lesoto, incrustadas dentro de Sudáfrica, y la vecina Botsuana copan el podio de los países con mayor prevalencia del sida en el mundo, todos con más del 20% de la población siendo positiva. Sudáfrica viene justo detrás, con un 18,90% de sus ciudadanos afectados.

Políticos responsables

A pesar del mal ejemplo dado por unos pocos líderes, la mayoría de gobernantes ha tomado medidas de precaución vitales para contener la pandemia del coronavirus. El primer ministro de Etiopía, y recientemente galardonado como Premio Nobel de la Paz, Abiy Ahmed, se ha erigido como un líder responsable ante el mundo, poniendo la atención sobre la importancia de frenar al coronavirus en África.

La ONU prevé en un informe que en el mejor de los casos acaben falleciendo 300.000 personas en el continente a causa del coronavirus, aunque recientemente la OMS rebajó la previsión a 190.000 muertes. Sin embargo, medio centenar de intelectuales africanos han firmado una misiva criticando el afropesimismo de las previsiones de las organizaciones internacionales teniendo en cuenta los casos actuales. Para poder contenerlo y que no se cumplan los peores pronósticos hace falta una dirección política responsable. Si no, lo acabarán pagando personas de todo el mundo. Porque como firmaron dieciocho dirigentes europeos y africanos en una carta abierta, si no se erradica en África, el coronavirus seguirá presente en todo el mundo.